Tristeza perenne con cuyo manto cubres.


Ser una persona más entre millones.

Da igual si eres aplastado por tus congéneres, si eres abducida por los imbéciles del barrio o si tu autobús es rapiñado por alguna pandilla de asaltantes de las que abundan en metacity. Eso o que hayas perdido el último colectivo, el que te llevaba a tu cerro lejos de la ciudad, da igual, no importas, eres alguien reemplazable.

Uno menos, una más, es igual. No se hacen amigos en la calle, y con todo, ser uno en un millón es diferente cuando logras pelear por tu vida al lado de alguien.


Eso pensaba en ese entonces.


Ojalá pudiera borrar mi memoria... pero esa es la maldición: recordarlo todo.


Fue un evento fortuito. 


El bus me transportaba de las regiones lejanas de las periferias de la ciudad al centro, fuimos atacados.


Nos quitaron todo a todos excepto a él.


Él era otro más, un denominador tradicional en la ecuación de muerte que implica ceder el asiento a tu remplazo a punta de pistola. En un país donde morir ha perdido el brillo, terminar muerto a plomazos por una banda de idiotas que quieren fumar algo o comprar armas de verdad me resultaba muy estúpido.


Ese fulano me resultó odioso. No movió un dedo, su rictus tenso no se inmutó, nomás paró la trompita como si chiflara. Fue ahí cuando un pandillero le volvió a gritar:


“¡¡BÁJALE DE HUEVOS HIJO DE TU PUTA MADRE, MUY GALLITO!! ¡¡¿NOOOOOOO?!!” -.


Justo en ese momento un tráiler fuera de control embistió nuestra unidad. 


Fue todo muy espectacular, podríamos haber muerto. Varamos en la cuneta de la carretera. 


Se supo luego que el trailero sufrió un ataque al corazón, eso provocó el accidente. 


Ese instante nos permitió a los pasajeros tomar el control de la situación para partirles el hocico a esos tarados. A uno lo mandamos al hospital. La barbarie flotaba en el ambiente. Una vez más el tipo con peinado de Benito Juárez destacó pues no movió un dedo, continuó dibujando con su lapicito.


Una señora se persignaba y alzaba sus brazos en señal de oración y agradecimiento a dios por su intervención divina, a lo que ‘él’ espetó mientras la dibujaba:


-“Usted lleva siglos muerta señora, agradézcale a estos simios la venganza y la justicia” – soltó en un tono irónico lleno de veneno.


Bajó del bus junto con todos pero evitó quedarse a otorgar su versión de los hechos ante los patrulleros. Yo hice lo mismo pues iba tarde para una cita. Ambos anduvimos sobre la carretera buscando transporte. Sin esforzarse mucho, el susodicho se trepó a un camión, se fue colgado de la puerta. 


Por mi parte, me tomó media hora de espera. Finalmente logré entrar al valle tomando otro camión el cual venía vacío.


Desde la carretera el paisaje se mostraba como el infierno que es. Luces rojas del sol poniente chocando contra la masa negra de los cerros, áreas grises de casas con formas monótonas, luego la carretera, la vastedad de construcciones, de pronto y de golpe, aparecen edificios de todo tipo, luces blancas.


La ciudad es un monstruo en cuyas cloacas anidan muertos, vestigios, fantasmas, lágrimas de oro, adolescentes perdidas, grasa, sangre, muchas ratas y cucarachas.


Las luces amarillas y naranjas de las zonas conurbadas se han quedado atrás. Nubes lejanas centelleaban pero sus rayos no sonaban, el relámpago enmudecía inmediatamente y si acaso, aquellos que abrimos más los ojos, gozábamos con las nubes plateadas que serpenteaban en el cielo semi nocturno. Sonreía al mirar el ir y venir de los rayos por el techo del cielo de sur a norte y luego al poniente.


Si Tlaloc aún existiese sonaría sus sonajas, danzaría entre culebras…


De muchos modos y en muchos sentidos la ciudad está más que muerta, se encuentra pasmada mientras se hunde en su mierda. Erramos perdidos en una conglomeración de millones  donde uno más o una menos no importa pues somos reemplazables.


Espabilé, me puse en marcha. Tomé el metro en el inicio de la línea. 


Todo transcurrió normalmente.


Luego de cuarenta minutos extra en transporte metropolitano llegué a la salida indicada en la línea azul, entre Zócalo y Eje Central. La calle estaba vacía excepto por un ciego. Sentí el andar de alguien detrás de mí luego de andar un tramo. Era una calle larga y poco iluminada. Hubo algo en el ritmo de los pasos del andante que percibí extraños.


Por momentos se oían varias pisadas y de pronto no se escuchaba nada.


Me detuve, volteé. A lo lejos el ciego en cuclillas se tomaba la cabeza entre sus manos.


Se sentó y así se quedó. Supuse que eso era todo y seguí con mi noche.


La sorpresa fue al salir de madrugada abrazándome con una vampirita anarco-darks-punks del centro.


Fuera del local un tipo, quien poco dejaba ver de sí debajo de una gorra negra, esperaba justo enfrente de la salida del lugar. Le miré hasta sentir repulsión, esto al caer en cuenta que la luz del farol le daba de lleno pero él no hacía sombra. Eso rechinó dentro de mi cráneo, sentí un dolor en la mandíbula, le perdí el tren a mi agasaje con la chica. 


Uno sabe cuando algún asunto ha valido verga desde el inicio.


Me hice pendejo. La abracé por el talle y comenzamos a andar, detrás de nosotros una tropa de murciélagos fumigados marchaba entre abrazos y desmadre etílico.


Fue cuando la cosa ‘esa’ que esperó afuera del club comenzó a caminar en paralelo del otro lado de la calle. La tropa de darkies choperos dobló en la esquina alejándose a velocidad máxima sin enterarse de nada, pero nosotros nos detuvimos, entonces él se detuvo.


Intentamos alcanzarles pero nuestro andar fue lentísimo y ellos se veían cada vez más lejanos. Paramos y cuando volteamos, caímos en cuenta que no habíamos avanzado un ápice. Ambos nos estremecimos.


Tomé a la vampira por el talle, le besé de manera descarada, en el inter le susurré que cuando la pellizcara, echase a correr sin mirar atrás pues yo iría cuidando su espalda.


Había sido robado varias veces, venía de un asalto frustrado en el camión, no me entusiasmaba para nada que eso ocurriera con la morra al lado. 


Nos dimos a la fuga, el espanto estalló en forma de adrenalina.


Corrimos más allá del Eje 1 Norte. Fue ahí donde las pisadas se desvanecieron. Caí en cuenta… ...estábamos perdidos en una de esas inter-zonas familiares llenas de chacales, pesados, gente armada, pero ni de lejos sentía ya, la opresión provocada por  la cosa ‘esa’ sin sombra. Anduvimos buscando alguna calle conocida… nada.


Un anuncio de hotel se convirtió en nuestro faro, hasta él llegamos, pagamos un cuarto, nos encerramos. Pasamos el resto de la noche contando cucarachas, al tiempo, recordábamos el evento a detalle.


Ella no se fijó en lo de las sombras. En cambio, me dijo que de reojo observó mientras nos besábamos, y eran al menos dos personas, apestaban, hedían... quizá tres, un grupo entero de chacales. Confundidos, asustados nos quedamos dormidos. Afuera el sonido de algunas sirenas de ambulancia, chillidos emitidos por patrullas, lejanos balazos sellaron la noche. Humanidad hacinada en un valle artificial, miles, perdidos, como el lago. No hace tanto murieron los glaciares en los volcanes. Soñé.

 

Cuando era niño me contaban que en lugar de este engendro de megalópolis hubo grandísimas lagunas, lo demás era el pantano donde nació un imperio. De escuincle imaginaba la posibilidad de traer al lago de regreso en el futuro, ojalá todo eso pudiese volver...


Pero la magia no existe y me guste o no, hace 500 años, seres de otro mundo con apoyo de los tlaxcaltecas, arrasaron con la ciudad en el islote y secaron a Anáhuac.


De eso dan cuenta las rocas en el centro, el león de Madero y la tristeza perenne cuyo manto cubre a esta ciudad.


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